My selfish gene

Tengo esto abandonado últimamente. No, no he dejado de ser padre. Todo lo contrario. Estoy siendo más padre que nunca. Por eso la pereza de sentarme a escribir.

Hace poco más de un año me quedé en paro. Decidimos que el primer año lo dedicaríamos a Nidia y a cuidar yo de la pequeña. Muchas cosas han pasado desde entonces. El funcionario que todo español lleva dentro pugnaba por estudiar la oposición que me estaba preparando. Gracias a la crisis no va a haber nuevo empleo público. Y yo voy a dedicarme a lo que sería el plan B, que poco a poco ha ido deviniendo plan A: voy a ser padre de día. Porque si queremos cambiar esta mierda de mundo tenemos que cambiar la mirada a la infancia. Porque hay que intentar que los bebés se sientan queridos para luego desarrollar pensamiento crítico y actitud punk. Así sí podrán cambiar el mundo.

Porque, después de cuarenta años, por fín me he despojado de mi gen egoísta.

Celébrenlo conmigo.


The meaning of my life is she

Hoy (ayer) Catu cobraría su primer trienio. Mil y pico días que le han dado la vuelta a mi vida como un calcetín, que hace que me replantee las mismas cosas que me he venido planteando toda mi vida, desde una perspectiva que ni siquiera sabía que existía.  Pero hoy no es día de reflexión, sino, más que nunca, de celebración:

 

 


The right to be wrong if I choose

No sé si he dicho ya que nos están grabando a los Nidios en el proceso de creación y montaje del proyecto educativo que queremos para nuestros niñas. Vino Beatriz a casa a grabarnos a la familia, y luego nos hizo una entrevista en el sofá de casa, mientras Catu tomaba teta y llamaba la atención de varias y sibilinas maneras.

Las preguntas versaron sobre qué hace que alguien criado con una educación formal -en mi caso, escuela pública- acaba montando un proyecto educativo basado en el espíritu Pestalozzi, los materiales Montessori y una o dos cosas muy puntuales del modelo Waldorf. El porqué se monta es muy fácil: no hay nada cercano o asequible a lo que queremos para nuestras hijas. El cómo es mucho más farragoso, y os aseguro que si el proyecto acaba no saliendo más de uno de nosotros podría montar una gestoría con lo que estamos aprendiendo de estatutos, obras y permisos.

Yo hablé bastante más de lo esperado. Beatriz va camino de convertirse en una buena amiga, y eso hace que la inhibición sea fácil de combatir. Hablé de mi experiencia en la escuela, de los profesores que me marcaron para bien y para mal, y de por qué me he embarcado en esta hercúlea tarea. Básicamente se resume en un punto: quiero para mi hija lo que mis padres y la mayoría de mis profesores no supieron darme. Quiero equivocarme como hicieron ellos, pero al menos haciendo lo que creo que es mejor para mi hija, no para mí. Quiero que crezca feliz y silvestre antes de encastrarla entre una silla y una mesa, quiero que juegue antes de que tenga deberes y estudie, quiero que sea una niña antes de que me la adulticen para luego infantilizarla y se someta al sistema por medio de fármacos y compras compulsivas.

Quiero, en definitiva, educarla para pensar. Educarla para ser. Y quizás equivocarme en el proceso. Pero teniendo el derecho de equivocarme, no el deber.


Hoy no hay música

Gran parte de culpa de que hayamos llegado a este 15M, 19J y etcéteras (que aún están por venir), reside en un punto crucial: la dedicación que tenemos para con nuestros pequeños. Ya sabemos que, por desgracia, no hacen psicotécnicos a la hora de querer ser padres, y que hay mucha gente que cree que tener un hijo es cuidarlo los nueve meses in utero y que luego, como las crías de araña, que se busquen la vida por ellos mismos.

Este país no necesita sólo un cambio económico y social. Necesita un cambio educativo y afectivo. Si no podemos dedicarles el tiempo que nuestros hijos reclaman para crecer siendo independientes y seguros de sí mismos, crecerán como lo hemos hecho nosotros, con grandes y graves carencias que sublimaremos mediante sumisión en la escuela, en el trabajo y a la publicidad: estudiaremos entre cuatro paredes desde los pocos meses de vida, trabajaremos sin rechistar porque es lo que nos han inculcado en la escuela y llenaremos nuestras necesidades primarias con otras secundarias (¿o nadie se pregunta por qué un chaval necesita llevar un móvil que vale más de lo que pagarían por él en cualquier mercado negro?).

Hasta que no nos demos cuenta de que los hijos no tienen que amoldarse a nuestro ritmo, sino nosotros los padres, al suyo, esto irá de culo, por muchas revoluciones que estallen por el camino. Por eso mantengo que en las comisiones de trabajo de las asambleas de barrio, y en la general de Sol, falta la más importante: la comisión por la infancia, que debería velar por todos estos asuntos y llevar a cabo un ambicioso proyecto de cambio de fondo de la sociedad actual. Sólo entonces Sol alumbrará en este país las 24 horas. Ésa sería la verdadera Revolución.

Les dejo un video que da en el clavo, aunque de casualidad, al mostrar la problemática de fondo de este país. No somos un país esclavo de los bancos, somos un país esclavo de los mercados, y no de los macroeconómicos, si no de los micro, y de los nanoeconómicos. Y mientras nuestros hijos sigan siendo un mero producto para perpetuar la especie, y no unos seres a los que hay que ayudarles a buscar su camino, mimándolos y dejando nuestras vidas y nuestro valioso tiempo en el intento, nada de esto merecerá la pena:

 


I’ll fight Hell to hold you

Ayer fue mi cumpleaños. Hace sólo unas horas. Te levantaste rauda, medio dormida, porque te urgía comprobar que la tarta que hizo mamá el día anterior seguía en la nevera, esperándonos.  Por supuesto, desayunaste tarta. Con leche. Luego jugamos, y en medio del juego me abrazaste y me dijiste “te quiero mucho”. Bueno, con alguna letra menos. Y como cada vez que pasa, en ese momento me sentí Dios, o alguien capaz de hacerle una OPA hostil, porque cruzaría el mismo infierno para salvaguardarte.

Por la tarde nos pintamos la cara, para jugar. El de abajo fue el resultado. Y más abajo, la inspiración de las pinturas. Y más abajo todavía, una versión para los menos estridentes. Y, por encima de todo, tú, con tus dos años y medio, llenando vidas.


I want love

Jueves 7 de abril. Entre las 21 y las 22 horas. Llego a casa de la biblioteca y Catu y Patricia ya se han bañado. Catu está saltando sobre su cama desnuda, el pelo mojado, un ritual afterbath que no perdona un solo día. Yo llego y le digo que le traigo un libro que le va a encantar: La Princesa de Trujillo, traducción al castellano de A princesa do Caurel, historia contada y cantada por los chicos de la editorial OQO. Volvemos a la cama. Ella sigue saltando. De pronto se para, viene corriendo hacia mí, me abraza y me dice:

-Papi, te quiero mucho…

Nos fundimos en un abrazo que para ella son muy caros de dar, al menos a mí. Se retira un momento y me dice:

-Papi, tengo el pelito mojado, te voy a mojar.

-Tú dame un abrazo y no me importará que me mojes -le contesté yo.

Y ahí estuvimos abrazados unos segundos que me supieron evos. Luego, tal y como vino se fue y siguió saltando, ajena a lo feliz que había hecho a su padre.


Should I stay or should I go

Estamos en crisis.

Monetaria, me refiero.

Hace seis meses me mandaron al paro. Venía desarrollando mi labor como trabajador no cualificado en una rama nada agradecida de la picaresca española, inmortalizada en alguna película de Pajares y Esteso, que implicaba que buena parte de mis ingresos eran en dinero negro. Mientras fui joven y sin ataduras no me preocupó, claro, eso de tener la cartera siempre llena y no saber cuánto dinero tienes en ella es balsámico. Pero la crisis de los que quieren ganar más, de los que iban a refundar el capitalismo, y el mal rollo en el centro de trabajo hicieron que el dedo de los que pagan me señalasen con el cartel de prescindible. Sea, dije.

Porque el horario era un suplicio. Yo trabajaba cuando muchos de vosotros dormíais, descansábais u os tomábais una cerveza. Y eso que cuatro años de representante sindical me dio manga para arreglar las condiciones de trabajo de la semiesclavitud al negrerismo leve que tanto gusta a la derecha semidemocrática que nos habrá de gobernar salvo hecatombe fukushivana. Pero me despedía de mi hija al mediodía y ya no la veía despierta hasta la mañana siguiente, con alguna excepción, afortunadamente. Y el dinero comenzó a flojear. Ya no se ganaba tanto como antaño. Así que se juntaron dos factores: por un lado, ya no me dolía tanto la cartera si dejaba de currar, por otra parte, si me echaban podría cuidar de mi hija, le evitaríamos la temible guardería o una madre de día, y el día de mañana, si me preparo una oposición, podría estar en casa cuando ella me reclamase para ayudarla a hacer deberes para poder entrar en el bachillerato de excelencia que pretende crear vuestra lideresa.

Y en eso estoy. Preparando una oposición por las tardes, y cuidando de Catu por la mañanas. Lo malo es la mordida. El paro que me ha quedado es irrisorio, y vamos capeando el temporal económico como vamos pudiendo, sufriendo estrecheces a las que no estamos acostumbrados. Por eso, cuando llega final de mes siempre me encuentro rondando por mis entendederas la misma pregunta: ¿debo ponerme a trabajar para asegurar los terribles últimos días de mes, o por el contrario sigo estudiando y cuidando de mi hija a costa de un sacrificio material?

De momento sigo estudiando, ya que la pregunta sólo me sobrevuela cuando el mes está a punto de morir. Pero es recurrente. No sé qué contestaré si la pregunta me viene un día 15, o un día 10.

Sí tengo claro que la que sale ganando es Catu, ya que se está criando en casa con sus padres, sin interferencias ni injerencias externas. Aunque ahora que lo escribo, un poco de injerencia familiar en forma de ayuda no vendría nada mal, porque mi chica y yo hemos pasado de pareja a amigo con derecho a roce, y poco, que la nena se enfada si nos besamos. Pero eso, otro día.